Hoy,
de las flores más blancas del jardín,
arrancaré la muerte en líquidas ofrendas.
Destruiré los campos de sudor labrados.
En el ocaso,
confundiré los sueños con destellos
terribles de metralla,
y llevaré mi legión de espantados imposibles
al encuentro del miedo de los vivos.
Conjuraré el abrazo de los hombres
en oscuras cuchilladas de banderas;
hasta que alguien recuerde que alguna vez amó.
Soy la guerra,
y viviré entre vosotros por siempre.
...A la mañana siguiente la escarcha humedecía el rostro grave de Ínfimo. Sus pies se lanzaban inertes hacia el suelo, intentando aferrarse a la tierra en que había ido dejando sus días. Quizás no tuvo valor para decírselo a su hijo, o puede que sintiera, por vez primera, que podía hacer algo a pesar del avaro. Tal vez estaba cansado.  Lo descolgaron en silencio...
...muchos incautos seguían a estos caciques, pues encontraban junto a ellos la protección que precisaban frente al miedo creciente. De esta forma se inició una loca carrera sin retorno, pues siempre había un caudillo mayor al que temer, y otro más grande aún a quien confiar la propia seguridad; de tal modo que el miedo seguía propagándose de manera inexorable. Era el temor que brotaba entre los semejantes; un  miedo que no era como aquel otro que infundían la luna o la noche, sino mucho más terrible: era el temor del hombre al propio hombre. Aquel nuevo caos amenazó para siempre la frágil paz establecida entre los pueblos de la Tierra...
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